Iru y Mafi comparten el cuenco
de la comida y el del agua. Desde el primer momento ambas aceptaron gustosas
comer y beber juntas y, sólo en una que otra ocasión, Mafi espera que Iru
termine de comer para recién hacerlo ella.
Esa noche, Iru ya había
terminado de cenar y Mafi se disponía a disfrutar del alimento cuando comenzó
con su protesta sonora: un ladrido seco, corto, de potencia moderada y tono un
poco alto que, traducido al lenguaje humano equivale a “¡¿Qué es eso?!
¡¿Eh?!!!”…
Ante mi indiferencia, vino a buscarme y emitiendo un ladrido más deliberado, no
tan seco ni corto que sonaba un poco forzado, me decía “¡Vení!!!” y me señalaba
que debía ir sí o sí hasta el cuenco de la comida.
Pensé que Iru había arrasado
con todo el alimento pero no, el cuenco no estaba vacío. Me acerqué buscando si,
entre los granitos de comida había hormigas –una vez pasó eso y Mafi fue la
encargada de avisarme- pero tampoco encontré alguna. Mafi seguía con su
protesta. Me miraba y miraba el cuenco. Yo miraba el cuenco y la miraba a ella
tratando de descubrir qué sucedía. Comenzó a ponerse más nerviosa y a elevar el
tono de la protesta. Seguí atentamente su mirada cuando se dirigía al cuenco y,
lo único que pude observar como no habitual fueron algunas gotas de agua en el
borde que ni tan siquiera habían humedecido la comida. Poco convencida, decidí
secar las gotas y colocar otra vez el cuenco en su lugar. Fue entonces cuando,
para mi asombro, Mafi me miró, y con ese gesto de aprobación que conozco bien,
dejó de protestar y comenzó a comer.
Creer o no creer. Esa es la
cuestión. Yo creo que los perros, después de tantos miles de años junto a
nosotros, hasta son capaces de reclamar a la “camarera” por un servicio
deficiente!...